AETHEREUM - Capítulo 1

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  «… Y así es cómo concluye el Gloriem de esta semana, con la victoria de la Casa Tyr sobre la Casa Cocoi. Despedimos la conexión.» El murmullo habitual de la taberna volvía a romper el silencio tras acabar la conexión televisiva del torneo más sangriento de Toneri-1. La gente volvía a llevarse aquel licor barato a la boca mientras seguían comentando el resultado, pese a tener que seguir al día siguiente con sus miserables vidas. Los grandes pensadores, críticos con el sistema de casta, a día de hoy perseguidos, lo llamaban Thaeter : el aether del pueblo. Una forma que usaban los poderosos de tener a la clase trabajadora, en su mayoría paupérrima, entretenida. Kyren, sin embargo, lo aborrecía. Como todo aquello que viniese de las Grandes Casas. Su vida era una basura infecta por su culpa desde que nació y, desde hacía cinco años, era todavía peor. Cogió un vaso, con lascas en el vidrio y marcas de sal de no haberse secado como debería y lo rellenó de licor barato para uno de aquel...

AETHEREUM - Una historia de sci-fi/fantasy

  AETHEREUM






Era bien entrada la tarde, cerca del final de una jornada intensiva de trabajo en el silo número doce de la planta de extracción de aether de Thermos, imperio central del planeta Toneri-1.

El ambiente en el nivel inferior era opresivo, cargado con el olor dulce y acre del aether bruto. A diferencia de las versiones refinadas que se enviaban a las élites, el aether que fluía por las tuberías maestras era una sustancia viscosa, de un color azul profundo que parecía emitir su propia luz interna, espesa como el aceite de motor y con una densidad que hacía que el aire a su alrededor vibrara con una estática insoportable.

Kyren pasaba el trapo por la placa conmemorativa cubierta de mugre en la pared del silo doce. La placa, de un metal que ya no se fabricaba, rezaba: "Aquí, la Casa Vane reclamó la luz para la humanidad". Debajo, un grabado antiguo mostraba a unos hombres con trajes de protección rudimentarios hincando rodilla ante un chorro de aether puro que brotaba como un géiser del corazón del planeta. Kyren escupió sobre la imagen del noble que aparecía en el mural. Mil años después, el único cambio es que ahora las tuberías eran más grandes, y la gente que moría trabajando para llenarlas, más barata.

El joven observó la tubería de purga a su lado, donde el líquido fosforescente goteaba rítmicamente. Cada gota que impactaba contra la rejilla metálica crepitaba, deshaciendo el metal como si fuera ácido puro. Sus compañeros, con los trajes manchados de esa sustancia que parecía negarse a secarse, se movían con la lentitud de los condenados. Nadie hablaba; en Thermos, gastar energía en palabras era un lujo que el hambre no permitía.

—¡Cuidado con la presión del sector cuatro! —gritó el capataz, cuya voz apenas se escuchaba por encima del rugido sordo de las bombas hidráulicas que succionaban el aether desde el manto del planeta.

Kyren sintió una vibración en las plantas de los pies. No era un temblor sísmico, era algo peor: el sonido de un sello hidráulico cediendo. Una de las mangueras de alta presión, del grosor de un tronco de árbol, comenzó a retorcerse como una serpiente herida. El metal de las abrazaderas se quejó, lanzando chispas que se reflejaron en los charcos de aether acumulados en el suelo.

Antes de que pudiera advertir a nadie, una de las válvulas de alivio estalló. Un chorro de aether líquido, caliente y a una presión capaz de cortar el acero, golpeó la pasarela lateral. El metal cedió al instante, convirtiéndose en una masa deforme de chatarra fundida.

Kyren fue derribado por la onda expansiva. Sus guantes, resbaladizos por la sustancia, no pudieron encontrar agarre en la barandilla. El mundo se inclinó. Cayó al vacío, atravesando una nube de vapor tóxico, y fue a dar de lleno contra el estanque de recogida, un pozo de miles de litros de fluido hirviente donde el aether se almacenaba antes del proceso de destilación.

El impacto le sacó el aire de los pulmones. Se hundió en la oscuridad, esperando la muerte, esperando que su piel se disolviera en aquel fluido que alimentaba la avaricia de las Casas Nobles. El aether comenzó a quemar su piel por el pecho, regalándole un dolor insoportable. Era cuestión de segundos que la muerte le abrazara y le llevara, quizás, a otra vida menos injusta que aquella. Pero, de pronto, el aether dejó de devorarle la piel: se filtró por sus poros, buscó sus venas, inundó su torrente sanguíneo con un frío eléctrico que, por un segundo, detuvo su corazón para luego obligarlo a latir con una fuerza que jamás había conocido. Su cuerpo refulgió de energía y, gracias a ella, logró impulsarse en el fondo del estanque y aferrarse, a duras penas, a la barandilla. Sus compañeros le ayudaron a salir, entre miradas de asombro y murmullos. Era la primera vez que veían a alguien sobrevivir al aether sin refinar.

—¡Kyren! —gritó el hombre que acababa de sacarlo del estanque—. ¿Estás bien, muchacho?

Las palabras se escuchaban lejanas y la visión se le emborronaba cada vez más. Sentía un frío que le recorría todo el cuerpo.

—¡No te duermas, muchacho! ¡Sigue con nosotros!

«Supongo que hasta aquí he llegado, padre...», pensó Kyren mientras trataban de socorrerle.

—¡Llamad al médico!

La oscuridad se cernió sobre él como una tormenta silenciosa.



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Kyren despertó en la camilla de la enfermería. Las paredes, todas de un blanco impoluto, contrastaban con el ambiente metálico con el que convivía en los silos. Tenía todo el pecho vendado y un apósito cubriéndole parte del rostro. A lo lejos, en el umbral de la puerta, un hombre con una bata blanca permanecía de pie, hablando con alguien que no alcanzaba a ver desde donde estaba. Aquel hombre, médico presupuso, se sobresaltó levemente al verlo despierto y se dirigió hacia él con rapidez, con los papeles que portaba en la mano a punto de caerse.

—Kyren, al fin despierto —le dijo, con voz grave, el médico—. ¿Cómo te encuentras, hijo?

—Pues... —hizo un gesto de dolor al tratar de incorporarse—. La verdad que bien. ¿Qué ha pasado, doctor?

Los ojos del médico estuvieron a punto de salirse de sus órbitas.

—¿No lo recuerdas? ¿Y a mí? ¿Te acuerdas de mí?

Kyren negó con la cabeza, desviando la mirada hacia sus piernas, claramente avergonzado. No recordaba nada de lo ocurrido y, mucho menos, el nombre de aquel médico que parecía conocerle a él.

—Tranquilo —contestó mientras escribía en los papeles, lo cual no ayudaba a relajarle—. Has sufrido una caída. Te has hundido en el estanque de aether. Ya he avisado a tu padre.

—¿Mi padre?

—Sí, Kyren. No te preocupes. Las pérdidas de memoria suelen ser temporales —levantó la vista por encima de sus gafas, con cara de asombro—. Todavía no doy crédito a lo ocurrido. Ha sido... un milagro.

—¿Cree usted que lo que quiera que me haya pasado es un milagro? —Kyren miró sus vendajes con enfado—. No creo que sea para alegrarse...

El médico soltó una carcajada al escucharle, casi ahogándose con su propia saliva.

—No me refería a eso, hijo. Nadie, nunca, había sobrevivido a lo que tú. Y has salido prácticamente ileso.

A lo lejos se escuchaban los gritos de angustia de un hombre desesperado, seguidos del taconeo de sus botas al correr hacia la habitación. Por la puerta entró un hombre de mediana edad, con pelo entrecano y barba de una semana. Sus ojos, rodeados de arrugas, y su piel oscura denotaban los años de trabajo a las espaldas.

—¡Kyren, hijo mío! —las lágrimas comenzaron a surcar su rostro, dejando un rastro en la fina capa de hollín —. Cuando me ha llamado el doctor Benett pensaba que te perdía...

Sin más palabras, el hombre se acercó y se abrazó a Kyren, que bregaba por respirar entre terribles dolores por el apretón. Si padre se separó, sujetándole por los hombros. Sus manos temblaban ligeramente, pero sus ojos evitaban los del muchacho, buscando desesperadamente el vacío de la habitación.

—Estás vivo... —susurró el hombre, con la voz quebrada. Luego, se giró hacia el doctor Benett—. ¿Podemos hablar un segundo?

Kyren, aún mareado y sintiendo un pulso rítmico y extraño bajo las vendas, vio cómo su padre y el doctor se alejaban hacia el umbral de la puerta. El joven, todavía aturdido por el accidente, intentó concentrarse en el zumbido metálico que le taladraba los oídos. Las voces le llegaban filtradas, como a través de una gruesa capa de agua.

—...no pueden saberlo, Benett —decía su padre con una urgencia que no le conocía—. Si la Casa Merios huele algo extraño, lo diseccionarán en menos de una hora.

—Lo sé, por eso he tomado una decisión —respondió el doctor, con un tono gélido y profesional—. He redactado el informe final. Voy a declarar que el accidente ha causado daños neurológicos severos e inestabilidad en el sistema nervioso. Lo declararé "imposibilitado para servir".

Kyren frunció el ceño, intentando descifrar el resto de la conversación. Solo pudo captar fragmentos entre el ruido ambiente: sangre... informe... suburbios... olvidarán...

—¿Imposibilitado? —susurró su padre, incrédulo.

—Es la única forma de sacarlo de la planta y que dejen de vigilarlo —sentenció Benett—. Si lo marcamos como desecho, lo expulsarán al anillo de los suburbios. Allí no lo buscarán, las Casas no pierden el tiempo con trabajadores incapacitados. Estará fuera del sistema, pero estará vivo. ¿Entiendes lo que significa?

Kyren sintió una punzada de confusión.

«¿Por qué dicen que estoy imposibilitado? ¿Qué demonios está pasando?»

El zumbido se volvió insoportable, obligándole a cerrar los ojos mientras una oleada de frío le recorría el cuerpo. La conversación se desvaneció en un murmullo indescifrable antes de que pudiera entender el verdadero alcance de la mentira que estaban tejiendo.

Su padre regresó junto a la cama, con el rostro endurecido por una decisión que acababa de aceptar por puro miedo.

—Ya está, Kyren —dijo, forzando una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Todo ha sido un susto. El doctor dice que... bueno, que el impacto fue fuerte. Tendremos que dejar la planta. Nos vamos a los suburbios.

Kyren miró a su padre, notando que el hombre evitaba su mirada, acariciándole el pelo con una torpeza impropia de él.

—¿Dejar la planta? —preguntó Kyren, con la voz seca—. ¿Solo por eso?

—Es lo mejor, hijo —respondió su padre con rapidez, cortando cualquier posibilidad de protesta—. Confía en mí.

Kyren asintió, aunque una desconfianza fría y punzante se instalaba en su pecho. Su padre le ocultaba algo, y el médico estaba firmando su sentencia social. En ese momento, Kyren no sabía que, al ser clasificado como "imposibilitado", acababa de ser borrado del mapa de las Grandes Casas, condenado al exilio en los suburbios, donde precisamente empezaría la verdadera odisea de su vida.


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